La historia de LOS BUNKERS pt. 2: Primera transición, de lejos y de cerca.

El éxito hace que cualquier persona deba cambiar de trabajo, moverse, evitar quedarse en el mismo sitio. El movimiento es clave para hacer crecer cualquier cosa. Y la música no es la excepción, o por lo menos los artistas se mueven.

Clave en estas migraciones y viajes es el centralismo de la música. Esta industria es cosa de polos. Estados Unidos y Reino Unido en Occidente. Japón en Oriente. México para Latinoamérica. Santiago para Chile.

Entonces, Los Bunkers tendrían dificultades para continuar su ascenso si seguían en Concepción. Pero antes, tenían que aprovechar su momento, tanto creativo como de conocimiento de la gente.

Sin demoras, se pusieron en marcha para armar el sucesor de Los Bunkers. Bajo el alero de Sony, podían utilizar más elementos que en su debut, esforzado e independiente.

Al ser parte del tributo a Violeta Parra, Después de Vivir un Siglo (WEA, 2002), nada menos que con un cover a “Gracias a la Vida”, conocieron a Álvaro Henríquez quien los produjo. Y eso se volvería a repetir en su nuevo disco, el de transición, el de mudanza y el consagratorio: Canción de Lejos (Sony, 2002).

Lo primero que sonó, de repente, fue una canción muy british, muy bien desarrollada y dedicada a un trabajador que se quemó a lo bonzo frente a La Moneda. “Miño” fue, tal vez, el súper éxito de 2002 en Chile y mostró el compromiso social que también tenían los oriundos de Concepción.

Pero Los Bunkers no se apoyaron sólo en esto para crecer. Canción de Lejos comenzaba con la composición del mismo nombre, única grabación que referencia a su ciudad de origen y también una clara muestra de lo que es el álbum, mucho más ecléctico en las letras y más elaborado en lo musical, manteniendo la estructura sonora, aunque complejizando las armonías y mejorando mucho los riffs y arpegios de background.

Aquí hay canciones aparentemente sencillas y muy pegajosas (“Las Cosas Que Cambié y Dejé Por Ti”), baladas dulces y reposadas (“Mañana Lo Voy A Saber”) y punk-valses a-la “Paranoid Android” (“Pobre Corazón”), pero la canción que se lleva una atención especial es “Dulce Final”. No sólo tiene reminiscencias amplias a la nueva ola con esa cadencia tan especial, sino que también conjuga el crecimiento de Los Bunkers, con un sonido de viaje, de transición que es tan indefinido como romántico, atractivo.

Canción de cerca” tiene un groove que la hace bailable y rockera, pero carece de la profundidad del resto del registro. Pese a ello, esta composición de Gonzalo López es una muestra de la frescura de todo el grupo, no sólo de los hermanos Durán, quienes se consolidan como ejes creativos de Los Bunkers.

Importante es destacar la coherencia impecable en Canción de Lejos. Álvaro Henríquez hace un buen trabajo, sin traspasarle sus tics a Los Bunkers. Esto se palpa de forma más notable en la juguetona “Lo Que Me Angustia”, un track donde la melodía se empapa de funk y rock y donde Henríquez hace los coros.

Este álbum es, claramente, indefinido en sus principales sonoridades o hacia dónde quiere llegar. Parece que hubiese sido realizado arriba de un bus en medio de una gira, disfrutando del viaje antes que de llegar a puerto. Es que Los Bunkers sabían que dejar Concepción era sólo una cuestión de tiempo. Y con Canción de Lejos Basualto, los López y los Durán se despiden de su origen para llegar a un polo. No sería su último gran viaje.

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